martes, 20 de diciembre de 2022

Sobre la rapidez

Recientemente, en un cursillo de pintura de cuatro jornadas que impartía en la Asociación de Mayores Acuarelistas de Fuencarral, les pedía a los compañeros que asistían que eligieran un modelo que les gustara, y que fueran capaces de decir por qué les gustaba.

Yo quería participar también y elegí un modelo con el que pinté este cuadro. ¿Por qué me gustaba a mí?, pues porque cuando alguien me preguntaba y ahora qué pinto solía responder: todo menos Venecia; y una foto, durante la última Biennale, me hizo caer. Me gustaba que aún siendo inevitablemente típica tenía algo distinto a las demás imágenes típicas y tópicas de Venecia que tanto nos han bombardeado la retina en carteles, anuncios de viajes, postales e innumerables cuadros de aficionados y profesionales. Era como si en lugar de estar en Venecia de turista pudiera soñar con estar con unos amigos en ese restaurante comentando lo más interesante de la jornada en Il Giardini. Y era una oportunidad para hacer algo que siempre había dicho que nunca iba a hacer, que siempre está bien.

A lo que vamos, no lo acabé a tiempo de comentarlo en el cursillo. Como me pasa prácticamente siempre. Recuerdo cómo sufría en los concursos de pintura rápida. Y eso me hizo pensar en el misterio de la rapidez, y eso es lo que he aprendido con este cuadro y gracias a ese cursillo en el que daba las gracias a los participantes, no cómo fórmula sino porque de verdad, una vez más, yo aprendía más que los alumnos.

Es verdad que la acuarela se beneficia especialmente de la soltura en la ejecución. Es lo que admiramos en los maestros y lo que notamos que me falta a mí. Pero digámoslo lo primero: Los maestros no lo hacen bien porque lo hagan rápido, lo hacen rápido porque lo hacen bien.

Es un error querer hacerlo rápido como objetivo. El objetivo es hacer el cuadro que queremos hacer. La rapidez viene con la práctica, pero nada nos debe apartar de crear la imagen que queremos crear, aunque el resultado no sea la imagen que queríamos crear precisamente porque le falta la soltura que tanto anhelamos. Cuando vemos a un artesano hacer una cartera de cuero, un cuenco de barro o un cesto de pita nos admira su destreza, pero si nos pusiéramos a hacerlo nosotros lo que querríamos es hacer una cartera de cuero, un cuenco de barro o un cesto de pita que estuviera tan bien hecho como los que hace el artesano, sin importarnos cuánto hemos tardado. 

Si en nuestras acuarelas se nota que falta soltura, es muy sencillo: es porque no la tenemos... todavía.


viernes, 25 de diciembre de 2020

La luminosidad de los colores

He añadido un nuevo juego en el que debes intentar calibrar el lugar que le correspondería a un color en la escala de grises. Para eso utiliza el espacio de color HSL, en el que se separa el tono (Hue), la saturación (Saturation) y la luminosidad (Lightness), y compara exclusivamente el valor L, sin tener en cuenta la distinta sensibilidad que nuestra vista tiene a los distintos tonos ni la influencia que la saturación tiene en nuestra percepción de la luminosidad. De esa forma nos entrenamos en valorar lo claro u oscuro que es un color, lo que a menudo llamamos precisamente valor, tan importante en la pintura.

viernes, 23 de octubre de 2020

Querer a las personas

En una ocasión, en un taller de mi Asociación de Mayores Acuarelistas, comentaba a los asistentes que estaba convencido de que una de las condiciones para conseguir un buen retrato es querer a las personas.

Me ha alegrado encontrar una cita de Elyzabeth Peyton en la que dice:

"De verdad quiero a las personas que pinto. Creo en ellas. Me hace feliz que estén en el mundo."

"I really love the people I paint. I believe in them, I’m happy they’re in the world."

Y confiesa no ser muy buena pintando a gente por la que no siente nada. Las "pinturas de gente", como ella llama a sus cuadros, se venden por cientos de miles de dólares. No son cuadros grandes, y el parecido no es casi nunca lo más importante.

Puedes ver su retrato de Pete Doherty en mis listas de 1artista1obra. Es un ejemplo del carácter a menudo andrógino de sus imágenes... y también de lo que un artista parece poder ver en otros.

Yo siempre he pensado que las personas que son capaces de comprender a los demás, que son sensibles a sus reacciones, a sus estados de ánimo, que saben detectar cuándo otras personas están incómodas, molestas, desconcertadas, avergonzadas, tristes o, por el contario, alegres, cómodas, acogedoras, satisfechas, pueden ser buenos retratistas, y los que no, pues no. Creo que es porque los mismos mecanismos que nos hacen detectar los miles de micro movimientos de la cara y el cuerpo de las personas con las que nos relacionamos, son los que nos permiten hacer esa marca en el retrato que representa la expresión que queremos captar. Sensibilidad, cierto, pero también bastante técnico.

Está claro que Elyzabeth Peyton va mucho más allá. Creo que cuando ella habla de amor quiere decir lo que dice. Por eso también sus obras van mucho más allá de las mías.